De carne y mármol: Lola Mora y Julio Roca

En Roma y sin dinero, una verdadera catástrofe.

 

Lola no cejaba en el intento de obtener beneficio de su arte, aunque fuese vendiéndolo al mejor postor. Los años de estrechez tucumana latían aún en su recuerdo. Nada más triste que verse reducida, cuando se sabía merecedora de una vida por todo lo alto. El embajador la ayudaría, lo había prometido. Mientras, ella se las arreglaba entre usureros y clientes. Tenía toda su fe puesta en la generosidad del presidente argentino. ¡Si llegase un indicio de la renovación de la beca!

 

Con manos nerviosas se acomodó el cabello revuelto en la coronilla y concentró su mirada febril en el bosquejo que ocupaba sus horas. El verano europeo transitaba sus estertores cuando llegó la anhelada respuesta, firmada de puño y letra por el mismísimo Roca, con sello oficial y todo.

 

Lola leía en voz alta, recitando, aquellas palabras que le devolvieron el alma al cuerpo: "A la señorita Dolores Mora la subvención mensual de 200 pesos nacionales a cargo de la legación argentina."

 

Abrió la ventana del estudio que daba a la calle Lungo Tevere Prati y el sol dio de lleno en sus ojos negros, cegándola de felicidad. ¡Otra vez en Roma! Su imaginación voló hacia la Argentina. Al agotar esa nueva beca volvería, y con los laureles de Europa se coronaría de gloria en su tierra. Ya pergeñaba ideas para ofrecer a sus compatriotas.

 

Regresó a la disciplina de la arcilla, envuelta en su túnica gris, sin dejar de sonreír.

 

Del otro lado del océano, Julio Roca también sonreía bajo el bigote mientras contemplaba con deleite la fotografía de Lola Mora que acompañaba el pedido del embajador Moreno. Una hembra con mayúsculas, de las atrevidas que tanto le gustaban.

 

Delicada y fuerte, bella sin artilugios, menuda y llamativa. Le habían dicho que se pavoneaba en los círculos sociales ataviada con bombacha de campo, y él entendía bien su estrategia para impactar. ¿Cómo se sentiría esa piel morena bajo sus caricias?

 

El zorro no había perdido sus mañas. Seductor al fin, imaginó un tête à tête con la artista tucumana. Quizá, si le enviaba sus saludos y un pedido. Ella poseía sin duda espíritu nacionalista, y la República necesitaba embellecerse con obras de gran talla.

 

Buscó en la gaveta un sobre y escribió unas líneas con letra suelta y firme. Selló el escrito para darle envergadura y ocultar sus intenciones románticas, y lo guardó en su billetera de cuero. Más tarde encargaría a su asistente que lo enviase con la correspondencia oficial. Al salir de su despacho, ya vislumbraba posibles encargos que retuviesen a la artista en el sur. Tallaba su imaginación bajorrelieves, fuentes y bustos que brotarían como el agua de las jóvenes manos de Lola. La manera en que ella había firmado el vehemente pedido de la beca de estudios tuvo la culpa. Lolamora. Así, sin separar el nombre, dando pistas de la intimidad con que le gustaba presentarse.

 

El presidente se encaminó a su reunión con ánimo ligero. La billetera cobijaba su sueño de carne y hueso dirigido a la moldeadora de mármoles y arcillas.

 

 

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