Mitre y el mate del recuerdo


El viento barría las soledades del río Negro. El fuerte de Carmen de Patagones lucía yermo bajo el vuelo chillón de las gaviotas. Un cielo purísimo pesaba sobre las ochenta almas que aguardaban la llegada de aquellos barcos para recibirlos a cañonazos.

Un niño de ojos claros observaba las cuatro naves bamboleantes tras los visillos de su ventana. Ver al padre convertido en un guerrero impresionaba al joven Bartolomé, de sólo seis años. También lo asombraba la pinta de los gauchos de a caballo, los corsarios y las mujeres vestidas con gorros de miliciano, simulando una retaguardia que no existía.

Don Ambrosio Mitre desplegaba un vigor inusitado, alentando a los vecinos a no desmayar en el intento de alejar a los brasileños que invadían las costas argentinas.

-Vencer o morir -le escuchó decir Bartolito.

Al fin, la pólvora estalló. Tres barriles y cuarenta balas de cañón, apenas salvas o fuegos de artificio. La munición se agotó enseguida y las tropas imperiales desembarcaron. Hubo que luchar cuerpo a cuerpo, palmo a palmo, desnudando sables bajo la mortífera luz de la mañana. Los días y los enfrentamientos se iban sucediendo con angustia retenida en el aliento heroico de la gente. La sangre derramada se escurría en el arenal formando surcos. Al fin, el desfile triunfal de las siete banderas robadas al invasor, en brazos de los valientes de aquel pueblito del sur.

-¡Victoria!

El infante degustó esa palabra por vez primera, sin imaginar que habría de lidiar con ella en otras ocasiones a lo largo de su vida. Niño aún, sólo batía palmas de felicidad.

Se sentía eufórico.

Más allá del estuario, el mar azotaba la costa con su espuma helada. En el rumor de ese oleaje impetuoso, brotó de la bruma un cántico que llegó a oídos de Bartolito Mitre:

Un día te tocará, ese día llegará.

........

-El mate, Tatita.

La voz amada distrae al presidente de la República de su ensoñación. Por la ventana de altos que se abre sobre la calle San Martín todavía fulgura aquella imagen del pasado, como niebla gris que de a poco se diluye. Él fue niño también, y en su corazoncito de entonces, aquel bautismo de fuego había dejado su marca para siempre.

Ahora corren otros tiempos, otras batallas que debe enfrentar, ya como hombre. Y de nuevo el Brasil, aunque esa vez como aliado en lugar de enemigo.

Un aliado incómodo, debe reconocer el presidente.

-¿Está a su gusto, Tatita?

Mitre sorbe el mate cebado con tanto cariño, y asiente. En su mente fría y serena ya pergeña movimientos que debe ordenar en la guerra que los ocupa, enfrentando al Paraguay. ¡El Paraguay! Bien sabe Mitre que esa lid le acarreará odios eternos.

El recuerdo de su propio padre arengando a la gente viene en su auxilio.

Eso, y la mirada tierna de Delfinita, que aguarda la respuesta con paciencia.

-Está bueno, hija.

En un rapto de ternura la muchacha agrega, antes de dejarlo solo:

-No se angustie, Tatita, que los argentinos sabrán comprenderlo.

Los ojos claros de Bartolomé Mitre vuelven a la calle donde los zorzales anuncian el atardecer en las ramas. No hay sueños, sólo la realidad del difícil momento que le toca vivir. Ya se lo había dicho el mar de Patagones aquel día.

Y el mar no miente.

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