El chapuzón de Pellegrini

 

Carlos Pellegrini y su esposa en Mar del Plata

 

Transcurría con toda pompa la primera temporada del Bristol Hotel de Mar del Plata.

El chalet normando de tejas de pizarra, reluciente como una caracola entre el mar y el campo,deleitaba a toda la porteñería con la magnificencia de sus frescos clásicos, sus arañas de cristal y sus manteles de granité. Saraos, cotillones y conciertos animaban las veladas desde el día del banquete inaugural, encabezado por el vicepresidente Carlos Pellegrini, el hombre del que todos esperaban una muestra más de su "gran muñeca" para salir del enredo en que la política financiera de Juárez Celman había arrojado al país.

 

Sólido como torreón de piedra, de carácter enérgico, devoto de sus amigos y dueño de un inusual tacto para sortear los escollos, Pellegrini poseía además un costado travieso bien conocido por las damas que salían a "ramblear" cada tarde.


-Mar del Plata es de lo más civilizado que tenemos -le estaba diciendo el doctor a un corrillo de matronas respetables en la terraza del Bristol, bajo la marquesina.

 

Había gran expectativa entre ellas porque esa noche arribaría el Tren de los Maridos, en el que, además de los esposos, se colaban los buenos partidos solteros de Buenos Aires, renovando en las madres la ilusión de lograr un buen matrimonio para las hijas casaderas.

 

Fue entonces cuando, en un revuelo de faldas de seda y capelinas de paja de Italia, un grupo de esas atrevidas jóvenes, con la confianza que dan el rango y la pertenencia de clase, tomaron del brazo al vicepresidente, que se dejó arrastrar gustoso, y lo condujeron hacia la fuente de la explanada.

-¡Agua va! -gritó la más descarada de todas.

 

Y sin miramientos, el distinguido doctor, el piloto de tormentas del país, alma mater de Mar del Plata, acabó empapado hasta el sombrero. De nada valieron las quejas de su esposa, la paciente Carolina Lagos, que bien ganado tenía el apodo de "santa":

 

-¡Niñas, niñas! ¡Dios bendito, que mi esposo pescará una neumonía!

 

La risa atronadora de Pellegrini campeó por sobre los chillidos de gozo de las damitas, que huyeron despavoridas cuando el vicepresidente amagó echarles agua a su vez.

 

¡Él era el más complacido con la mojadura!

 

Así quedó oficialmente inagurado el Carnaval aquel verano de 1888, el primero que gozaba la haute de Buenos Aires en pleno, en una villa nacida de un sueño: el anhelo porteño de emular a los balnearios del viejo continente.

 

Encaramada en las lomas, con la serranía a sus espaldas, Mar del Plata acababa de tener su bautismo con el chapuzón de Carlos Pellegrini, que se despedía de la temporada para partir rumbo a Europa, a gestionar un nuevo empréstito para la bancarrota argentina.

 

(Nota de la autora: en el verano de 1887 hubo una temporada previa, más reducida, en la que los viajeros ocuparon el Grand Hotel de Pedro Luro, opacado luego por la fastuosidad del Bristol. Aquéllos de costumbres austeras, como Bartolomé Mitre, siguieron frecuentando el hotel de Luro y prefiriendo la barriada de La Perla, balneario más tranquilo).

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