HISTORIAS DE OTRO TIEMPO
 

El hombre se enjuga la frente con un pañuelo y enseguida recupera el revólver que por un momento reposó sobre su rodilla. Hace calor. Un calor húmedo, agobiante, que pega la ropa al cuerpo y condensa nubes de mosquitos. La lejanía se torna borrosa como un espejismo, pero la situación que George Stearns vive es tan real como ese calor monstruoso.

 

Su amada Julia yace dentro de una caja modesta, a la espera de que las autoridades den el visto bueno para su entierro. Y el viudo aguarda, estoico, fiel al amor que sellaron juntos y les dio dos hijitos.

 

Huérfanos, a partir de ahora. ¿Qué hará él para convertirse en madre también, dirigir la escuela de Paraná y conservar la casa? Prefiere postergar esos temas acuciantes, porque el que le desgarra el corazón todavía no está resuelto. Enterrar a Julia se ha vuelto un asunto de principios y jurisdicciones. La Iglesia ha sido tajante: los herejes no entrarán al camposanto. Su dulce amor, que ha venido a estas pampas para acompañarlo, entra en esa categoría ultrajante.

 

Él jamás la abandonará. Hasta que pueda rezar sobre su tumba, George no soltará las armas ni dormirá, pues el calor y la sequía atraen a las fieras. La noche anterior pudo escuchar sus rugidos cortos y apagados. Caminaban en círculos, hechizadas por la fogata que, a pesar de la temperatura, él tuvo que encender. "Es el tigre", le dijo un paisano que pasaba para ofrecerle sus respetos. "Teddy" (como le decían los niños en Nueva York) entiende que así llaman al jaguar de la selva ribereña.

 

Julia Hope, la amada sin vida Julia Hope, la amada sin vida

 

Ya todos saben que el director de la escuela Normal se ha vuelto un guerrero que custodia con su vida el cadáver de su esposa. Mientras contempla las cruces que se alzan al otro lado, George Stearns saca un trozo de papel de su bolsillo y dibuja a lápiz, con trazos débiles, el lugar donde se encuentra, al pie del muro del cementerio de Paraná. Es un boceto sencillo, casi infantil. Lo suyo no es dibujar sino enseñar, para eso estudió en Harvard y sus credenciales le valieron la recomendación de la señora Mary Mann, amiga del presidente Sarmiento. Ha venido a cumplir los sueños de ese hombre empecinado en dar al país una educación superior. ¡En mala hora su dulce Addy decidió acompañarlo! Entre febriles recuerdos, la imagen de la esposa con el niño en brazos al pisar el muelle en Buenos Aires hiere su mente. ¡Qué jóvenes e ingenuos eran! La educación en la Argentina es una batalla perpetua. Aun sin libros ni escritorios, el principal problema fue siempre mantener abierta la escuela, a salvo de las acometidas de un tal López Jordán. George no es hombre de arredrarse ante el peligro, al contrario, supo impartir clase militar a sus alumnos, pero allá de donde él viene, aquellas contiendas ya están resueltas. Lo que nadie puede vencer es la fiebre tifoidea, y la pobre Julia fue su víctima.

 

George vuelve a enjugarse la frente y guarda el boceto en el bolsillo de su casaca. Más tarde, cuando las autoridades dispongan que el féretro deberá ser enterrado fuera de aquellos muros sagrados, George agregará al pequeño dibujo una flecha y una cruz, indicando con profundo dolor el sitio exacto en el que Julia Adelaide Hope de Stearns ha sido sepultada, .

 

(Nota de la autora: Julia Hope fue, al parecer, la primera persona de religión protestante que fallecía en Paraná, lo que motivó entonces un intenso debate. El hijito enfermo de los Stearns murió poco después y el viudo lo enterró junto a su madre. El croquis perteneció al archivo privado de Aníbal S. Vásquez, y fue donado al Archivo General de la Provincia de Entre Ríos)

 

 

 

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