-Un loco, eso es lo que es.

 

El hombre bajó los binoculares y entrecerró los ojos, como si ese gesto le permitiese horadar mejor la lejanía helada. El "blanqueo" óptico de aquellas soledades lo confundía. Había un dejo de admiración en las palabras que acababa de pronunciar. A él le había tocado la misión de arrestar a Hernán Pujato. Como buen militar debía cumplirla, sin cuestionamientos. Le pesaba, sin embargo, arrancar de la inmensidad a aquel general que parecía haberse fundido con la aspereza del continente. Nuestro hombre sabía que los anhelos de su prisionero aún no estaban cumplidos, que de todas las proezas que esgrimió para asentar la soberanía argentina en la Antártida, le faltaba una: llegar al Polo Sur. Imaginó al verlo así, de pie frente al horizonte cual centinela de hielo, que estaría pergeñando un plan para lograrlo. Y justo a él le cabía truncar ese propósito. Cosas del destino, su misión era ser enemigo de Pujato, el caudillo antártico.
 

-Vengo a arrestarlo, mi general.

 

Sus palabras resonaron como cristales rotos en el aire helado.
 

Pujato se volvió hacia él, alejado del presente. Su mente volaba hacia adelante, y su arrojo la precedía. Llevaba la ropa de fajina y las manos anudadas a la espalda. Las tendió hacia su captor.

 

-Proceda -fue todo lo que dijo.

 

Nuestro hombre se sintió comprendido por aquel general que aceptaba las órdenes igual que él, fueran las que fuesen, justas o injustas. Enemigos no eran, entonces, sólo partes de un engranaje mayor, que exigía de ellos la entrega absoluta. Tampoco a él le cabía preguntarse las razones del sumario levantado contra Hernán Pujato.

 

Caminaron juntos hacia el refugio construido bajo la capa de hielo, donde recogerían las escasas pertenencias del general. Los aguardaba un largo viaje a bordo de un buque de la Armada que hendiría el metal de las aguas australes hacia la costa argentina. Cuando estaban a punto de alcanzar el hogar de aquel solitario pionero, un perro blanco y gris saltó desde la profundidad del refugio y se abalanzó sobre su amo, efusivo. Era uno de los siberianos que él mismo había introducido en el país para la campaña antártica, costeándolos de su propio bolsillo. Pujato palmeó su cabeza lobuna y sonrió, una mueca apenas en su rostro curtido por los vientos.

 

-Amigo -murmuró.

El recién llegado se preguntó si alguna vez aquel "loco" habría podido llamar así a hombre alguno.

 

(Nota de la autora: El 12 de febrero de 1951 zarpó desde Buenos Aires el entonces coronel Hernán Pujato a bordo del buque "Santa Micaela", comandado por el capitán Santiago Farrell. Luego de una peligrosa travesía, arribó a Bahía Margarita, desde donde se emplazó la Base San Martín, primera estación científica argentina, cabeza de playa para la conquista de la Antártida. Su ascenso le fue otorgado mientras invernaba en aquel desolado lugar.)

 

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