Con el gringo nadie se atreve

June 28, 2019

La turba avanzaba por la Plaza de Mayo y el clamor de sus voces llenaba el aire, subía en espiral hacia las torretas y cúpulas, para descender en remolinos sobre los adoquines del suelo. Frases airadas se filtraban por los postigos entreabiertos.

 

-¡Abajo los ladrones públicos!-bramaban.

 

Los moradores de las casas vecinas atisbaban entre los visillos, temerosos de aquella embravecida multitud.

 

Cerca de allí, en el ambiente refinado del Jockey Club que él mismo había fundado, Carlos Pellegrini se encontraba leyendo un periódico, su formidable figura repantigada en un sillón, sus inconfundibles mostachos ocultos por las hojas de LA NACIÓN.

 

De los globos de cristal tallado emanaba una luz cálida, enturbiada por el humo de los cigarros de los caballeros. El murmullo masculino envolvía al Presidente como un halo protector, hasta que un buen amigo lo abordó con gesto preocupado:

 

Doctor, van por usted. ¡A su casa!

 

Pellegrini bajó el periódico casi con fastidio y se incorporó con sorprendente agilidad. Todo en él era acción, fibra de voluntad pura que no demoraba en tomar decisiones súbitas. Por algo recibía el apodo de "Piloto de Tormentas" o "Gran Muñeca".

¡Bien sabían todos a quién recurrir en situaciones desesperadas!

 

El Presidente se calzó el sombrero y atravesó el vestíbulo ante la mirada marmórea de la Diana de Falguière, la escultura que él había comprado a la viuda de Aristóbulo del Valle, para que recibiera a los miembros del club con su casta figura.

 

Salió a la calle y recorrió a zancadas la distancia que lo separaba de su casa, cruzando en diagonal para ganar de mano a los enfebrecidos manifestantes. Atravesó el portal y subió a su despacho en procura del abrecartas con incrustaciones de Toledo.

Enarbolándolo con firmeza, salió de nuevo y aguardó en el umbral.

 

Al doblar la esquina, la turba se topó con la monumental efigie. Las piernas separadas, el torso erguido, los brazos al costado del cuerpo y el improvisado puñal en la mano derecha, Pellegrini la esperaba como un gladiador, dispuesto a matar o morir. En sus ojos se leía la clara determinación que había signado toda su vida.

 

De pronto, aquellos hombres enfurecidos callaron. En lugar de arremeter, desfilaron mudos ante aquél a quien, hacía apenas unos minutos, habían vilipendiado con sus epítetos. Más de uno se quitó el sombrero en señal de respeto. Y la multitud insurgente pasó frente al portal de la casa del varón más fuerte igual que si hubiese sido una comitiva de homenaje.

 

(Nota de la autora: el vicepresidente Carlos Pellegrini asumió la presidencia de la Nación ante la renuncia de Juárez Celman luego de la Revolución del 90, en medio de una crisis financiera que él debió sortear, evitando el default. Era el hombre al que todos recurrían, conocedores de su fortaleza y su coraje, que jamás se amilanó ante las dificultades).

 

 

 

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