La revancha de Botafogo, cuando era linda la vida.


Un recorte periodístico mencionando la carrera. Crédito: Shutterstock


-Déjemelo, patrón, que yo lo sacaré bueno.


Don Diego de Alvear frunció el ceño, disgustado. Acababa de desembolsar veinticinco mil por un potrillo con un remo defectuoso. Y para colmo, los dueños del haras El Moro no habían querido deshacer la operación. El cuidador se mostraba confiado, sin embargo, decía que el asunto se resolvería con el tiempo. Habría que apechugar, pues, y confiar también.


-Te lo encomiendo, Felipe -dijo don Diego, palmeando el hombro al empleado del stud-, a ver si conseguís que se luzca.


Había pasado un año, y Botafogo dio muestras suficientes de su brío en sucesivas victorias. ¡Once carreras y la Cuádruple Corona! Sin embargo, a don Diego le latía la amargura de una derrota, la única, cuando Grey Fox lo sobrepasó por un cuerpo y cuarto. Aquello no podía quedar así. Diego de Alvear mordía el deseo de revancha.


-Botafogo no puede perder -afirmaba a quien quisiera oírlo. Y todos coincidían con esa sentencia.


Así fue que se concertó la carrera del siglo.


El Hipódromo Argentino ardía de gente; una multitud se apiñaba, vocinglera, entre sombreros y vítores, para alentar al "caballo del pueblo". Se palpitaba el triunfo de ese alazán que galopaba con suavidad hacia su meta siempre, dejando atrás a sus competidores sin esfuerzo. Siempre, salvo en la funesta jornada del Premio Carlos Pellegrini, cuando aquel tordillo le robó el invicto.


Nadie apostaba en la revancha, sólo los dueños de ambos caballos habían jugado una importante suma para la beneficencia. Era un duelo personal.


¿Lo sabría Botafogo, mientras cabeceaba nervioso en su box? ¿Lo intuiría Grey Fox, al sentir el cepillado sobre su lomo? A través de las portezuelas, los jockeys cruzaron miradas. La revancha incluía a todos: propietarios, monturas y jinetes.


Palermo era una fiesta. Bandadas de palomas giraban en círculos en el azul del aire, el sol chispeaba sobre las chaquetillas vistosas, como un guiño travieso ante aquel capricho. El turf argentino se lucía como nunca en la carrera más extraña y a la vez más atractiva, porque había surgido de un desafío.


De boca en boca, el grito se tornó clamor:


-¡Bo-ta-fo-go! ¡Bo-ta-fo-go!


Saturnino Unzué, dueño de Grey Fox, aparentaba serenidad ante las muestras de afecto hacia el rival. Después de todo, el que amaba los caballos no podía dejar de admirar al magnífico alazán.


-¡Que gane el mejor!


En los diarios salían Diego Alvear, el jinete y Botafogo Crédito: Shutterstock


Y el pistoletazo dio la señal.


Como una ola, los concurrentes se movieron al compás de los cascos que levantaban terrones, inclinaron sus sombreros al paso de los jinetes, encaramados sobre las crines con la mirada fija en la meta. El resuello de los animales rozaba las vallas como una brisa ligera. ¡Cuánta belleza en ese galope aéreo! ¡Qué espléndida estampa sudorosa la de dos bestias aladas compitiendo por el honor!


-¡Botafogo solo nomás!


Se impuso como siempre. Como todos deseaban, con el récord de más de cincuenta metros. Después de aquel momento glorioso, el alazán conoció la paz en campos de Mar del Plata, donde pastoreó su victoria hasta el día de su muerte.


(Nota de la autora: la mítica carrera ocurrió un 17 de noviembre de 1918 ante cientos de personas, en una celebración que incluyó a Carlos Gardel, burrero de ley. Aquel defecto del remo no era tal, me explicó mi amigo y conocedor del tema, Luis Tamborini. A Botafogo, hijo de Old Man y Korea, se le dedicó un tango, y una milonga que empieza diciendo: "Allá por tiempos del jopo, peinado al agua florida, cuando era linda la vida y era mi escuela un stud.").


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